El Tren de la Campiña
Una vez más, la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Madrid sacó el Tren de los Ochenta a las vías españolas. En esta ocasión, bajo el nombre de «Tren de la Campiña», el destino fue la ciudad de Jaén. Y, de nuevo, tuvimos la grata oportunidad de estar allí, disfrutando de una agradable jornada ferroviaria.
Salida desde Madrid
Apenas comenzaban a asomarse los primeros rayos del sol cuando el potente silbato de la locomotora 269-324-0 llenó los andenes de la estación de Chamartín. Tras ella, los destellos azules y marrones de los coches de la asociación se adentraban en el túnel que atraviesa Madrid, haciendo parada en Atocha, primero, y en Aranjuez, después, para recoger a más viajeros que no quisieron perderse este magnífico viaje. Entre ellos había tres estudiantes de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid, haciendo su proyecto de fin de carrera en el tren, a las que deseamos mucha suerte.
El viaje a Jaén
Con el tren atravesando tierras manchegas, los viajeros disfrutaban del paisaje cómodamente sentados en sus asientos o saboreando un grato desayuno en el coche cafetería. Mientras tanto, la composición dejaba atrás viejas estaciones, muchas de ellas cerradas y abandonadas, que hoy permanecen como testigos mudos del antiguo esplendor del ferrocarril. Una vez pasada la estación de Alcázar de San Juan —que antaño fue uno de los nudos ferroviarios más importantes de nuestro país—, el tren tomó la línea de Andalucía para, poco después, adentrarse en el espectacular desfiladero de Despeñaperros. Sólo quedaba ya llegar a Linares-Baeza, última parada del viaje, y tomar el desvío de Espeluy para, rodeado de amplios olivares, alcanzar nuestro destino final, Jaén, por la línea de la antigua Compañía de los Ferrocarriles Andaluces.
En Jaén y el regreso
Después de disfrutar de las bondades culturales y gastronómicas de la capital del Santo Reino, pasaban ya las seis de la tarde cuando el «Tren de la Campiña» emprendió el viaje de regreso. La llegada de uno de los servicios de Media Distancia provocó un leve retraso en la salida, lo que no afectó a los ánimos de los viajeros. Finalmente, cuando el reloj marcaba las diez y media de la noche, el tren entraba en Madrid, dejando pasajeros en las estaciones de Atocha y de Chamartín, donde concluyó su viaje. Era la hora de despedirse, esperando una nueva ocasión para viajar de nuevo en el Tren de los Ochenta.
Descubre más desde Cuaderno de un viajero inquieto
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



