El Monasterio de Batalha

Continuamos nuestro recorrido por las Siete Maravillas de Portugal, visitando el monasterio de Batalha, un lugar que ya nos es conocido. Si hace un tiempo admiramos una de sus dependencias, las Capelas Imperfeitas, hoy hacemos lo propio con el resto del cenobio, una de las joyas del arte manuelino portugués. Para llegar hasta aquí utilizamos un autobús que, desde Lisboa-Oriente, nos acerca hasta este enclave, permitiéndonos disfrutar de los hermosos paisajes portugueses.

Historia del monasterio

Este magnífico monasterio debe su existencia a la batalla de Aljubarrota (1385), en la que Portugal alejó definitivamente las pretensiones de Castilla a la corona lusa. Como agradecimiento por esta victoria fundamental, el rey Juan I ordenó la fundación de un cenobio en las cercanías del campo de batalla. El resultado fue el Monasterio de Santa Maria da Vitória y la creación de una localidad a su alrededor: Batalha.

La iglesia y la Capilla del Fundador

Joya del gótico manuelino, su construcción se prolongó durante varios siglos, finalizando en el siglo XVI, tal como ya vimos en nuestra visita a las Capelas Imperfeitas. La iglesia consta de tres naves, abriéndose en una de ellas la Capilla del Fundador, donde reposan los restos de Juan I, el vencedor de Aljubarrota, junto a su esposa, Felipa de Lancaster, y varios miembros de su familia, a modo de Panteón Real. Merece la pena mirar hacia arriba y contemplar la magnífica bóveda que adorna el cimborrio de la capilla. No son estas las únicas sepulturas del recinto: a los pies del templo se encuentra la tumba de Mateus Fernandes, uno de los arquitectos que trabajaron en la construcción del monasterio.

Los claustros

En el recinto monástico, desamortizado en la década de 1830, se abren dos espléndidos claustros. El primero, el Claustro Real, muestra un bellísimo estilo gótico, con elaboradas celosías entre las que destaca la Cruz de la Orden de Cristo, sucesora de los templarios y uno de los símbolos más reconocibles de Portugal. En una de sus esquinas se encuentra una artística fuente donde, en tiempos, los monjes lavaban sus manos. Desde este espacio se accede a la Sala Capitular, coronada por una espléndida bóveda estrellada. Allí, escoltada por dos soldados, se custodia la tumba del soldado desconocido. Por desgracia, no pudimos acceder a su interior, por lo que no podemos mostrar su belleza.

El segundo claustro, dedicado a Alfonso V, monarca que ordenó su construcción, contrasta con el anterior por su austeridad. No obstante, consta de dos alturas, a diferencia del Claustro Real, que sólo tiene una. Desde aquí salimos del monasterio, visitando de nuevo las bellas Capelas Imperfeitas antes de tomar el autobús de regreso a Lisboa.

Volveremos, para quitarnos la espina de no haber podido acceder a la Sala Capitular.


Descubre más desde Cuaderno de un viajero inquieto

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.