Guardianes entre dos provincias
Entre la localidad madrileña de San Martín de Valdeiglesias y la población abulense de El Tiemblo se encuentran los Toros de Guisando. Cuatro toros de piedra granítica, recuerdo de la presencia de los vetones, una de las culturas célticas que poblaban la España prerromana.
Los verracos: un fenómeno ibérico único
A lo largo de la geografía española existen varios toros de piedra, o verracos, como también se les llama, contabilizándose un total cercano a los cuatrocientos ejemplares. Pero en pocos lugares se encuentra un conjunto con varios ejemplos, como ocurre en Guisando, donde podemos admirar cuatro de estas enigmáticas esculturas, talladas en torno a los siglos III y II a. C. Se trata de cuatro estatuas labradas en granito, de 2 metros y medio de largo, orientadas al poniente. Su realismo está muy conseguido, observándose fácilmente los pliegues del cuello, las pezuñas o los testículos.
El enigma de su función
¿Para qué se construyeron? ¿Qué significado tenían para aquellos hombres que tallaron el granito y dieron forma a estas figuras? Hay quien afirma que marcaban los límites de los territorios vetones con los de otros pueblos (de hecho, en este lugar se unían las provincias romanas de la Lusitania y la Tarraconensis), o que pudieran tener un trasfondo religioso o funerario. Varios de ellos llevan grabada una inscripción epigráfica labrada en época romana, lo que nos aclara que el lugar, al menos en esos años, tuvo un uso como cementerio.
¿Estuvieron en otra ubicación?
Se supone que, en origen, había más verracos en este lugar, habiendo desaparecido muchos de ellos, algunos consecuencia de la avaricia y la ignorancia de algunos energúmenos que los destruyeron creyendo que albergaban tesoros en su interior. Sin embargo, según recientes investigaciones (*), los toros fueron trasladados a este lugar desde los Montes de El Tiemblo, su localización original, por los monjes del monasterio de San Jerónimo, cuyas ruinas se alzan a escasa distancia.
El pacto de los Toros de Guisando
La Historia también quiso marcar su presencia en este lugar. Aquí, junto a estos animales de piedra, en septiembre de 1468, el rey Enrique IV de Castilla reconocía a su hermana, la futura Isabel la Católica, como Princesa de Asturias y heredera de sus reinos, en perjuicio de su propia hija, la princesa Juana la Beltraneja. Una inscripción, colocada en 1924 por doña María de la Puente y Soto, marquesa de Castañiza, quien era, a la postre, propietaria de los terrenos, recuerda este histórico hecho.
Los toros en la literatura española
También la literatura tiene un hueco para recordar a estos toros de piedra. La inmortal pluma de Miguel de Cervantes los sitúa en varias páginas de su colosal El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1606). Otro gigante de las letras del Siglo de Oro, Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, los cita en el segundo acto de El mejor maestro el tiempo (1615). Y ya en nuestros tiempos, fue Federico García Lorca quien los nombra en un fragmento de la no menos magnífica Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935).
(*) El País: «Los Toros de Guisando fueron movidos de sitio en la Edad Media»
Agradecer a Rumbo Natura (José Antonio y Nuria) la organización de este viaje. También agradecemos a Julián la visita ofrecida en este lugar, con sus magníficas explicaciones.
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