A poco menos de dos kilómetros de la localidad sarda de Porto Torres se alza Balai, una pequeña población enclavada en una península de acantilados. En uno de ellos se encuentra un lugar marcado por la fe y la tradición: una pequeña iglesia y unas antiguas cuevas que nos trasladan a tiempos remotos, a aquellos en los que los santos eran martirizados. Llegamos hasta aquí en un tranquilo paseo, acompañados por las bellas vistas de la costa de Cerdeña.

La tradición de los santos mártires

La tradición nos cuenta que aquí recibieron su primera sepultura los santos Gavino, Proto y Gianuario, martirizados durante la persecución ordenada por Diocleciano en el siglo IV. 

Las cuevas de Balai

Dos verjas de hierro cierran el paso a unas cuevas cuya morfología indica que, en efecto, sirvieron de enterramiento en algún momento de la historia. Aunque no sea posible su acceso, las puertas dejan contemplar su interior con completa libertad, permitiendo recorrer con la vista cada detalle y recoveco de las mismas.

En el exterior se distinguen algunas figuras labradas en la roca, cuya antigüedad es difícil de precisar aunque no nos extrañaría que se pudieran datar en los tiempos en que los santos mártires turritanos fueron inhumados en este lugar. Su estado de conservación es malo, deterioradas por la erosión y algún acto vandálico de aquellos que tenían la bárbara costumbre de dejar constancia grabada de su presencia.

Pese a su acusado desgaste, se aprecia fácilmente una figura ecuestre. Muy probablemente se trate de San Gavino, comúnmente representado montando a caballo. En otro se puede ver una especie de ánfora. Si nadie lo remedia, estos grabados acabarán desapareciendo para siempre, borrando una parte de la historia y la leyenda de Porto Torres.

La iglesia de San Gavino a Mare

Junto a las cuevas se alza la iglesia de San Gavino a Mare, un pequeño templo erigido en el siglo XIX. Construido en la misma piedra del acantilado, en su sobria arquitectura destaca su imafronte encalado, cuyo color blanco resalta sobre los muros de caliza y las aguas azules del golfo de Asinara.

Dos vanos, la puerta y una pequeña ventana, apuntan hacia un tejado a dos aguas rematado por una sobria cruz de hierro. No es fácil acceder a su interior, aunque las cintas blancas y el arroz que inunda el suelo sugieren cierta preferencia de las parejas por casarse en este lugar.

Una despedida con vistas al mar

Una vez visitado este lugar, donde la fe, la historia y la tradición se entrelazan, nos disponemos a regresar, desandando el camino hecho a la ida. Pero antes, grabaremos en nuestras retinas el bello paisaje que tenemos ante nuestros ojos y llenaremos nuestros pulmones con la sana y suave brisa del mar.


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