Nos encontramos en Porto Torres, en Cerdeña. Hace siglos, esta isla, hoy parte de Italia, vio ondear la enseña cuatribarrada de la Corona de Aragón, la misma que tuvo como uno de sus reyes a Fernando el Católico. Son muchos los vestigios que se conservan de aquella época; entre ellos, el monumento que hoy visitamos: la Torre Aragonese, una antigua fortificación que antaño protegía el campamento que, con los años, daría forma a la actual localidad, cuyo símbolo es, además, esta interesante construcción.
Los orígenes de la Torre Aragonese
Su historia arranca en 1325, cuando el almirante Francisco Carroz conquista Cerdeña para el rey de Aragón. La corona aragonesa ceñía entonces las sienes de Jaime II, el Justo, hijo de Pedro III y nieto del Conquistador, el gran Jaime I.
Con el tiempo, y los avatares propios de la historia, la torre fue utilizada con fines de vigilancia, control aduanero, cárcel e, incluso, faro. Para ello sufrió reformas, ampliaciones y saqueos, como el ocurrido en 1637, cuando la fortaleza fue tomada por un grupo de corsarios.
Una arquitectura singular
A diferencia de otras torres defensivas que pueblan el norte de Cerdeña, de planta circular, la de Porto Torres muestra un contorno octogonal, típico de la arquitectura aragonesa de la época, especialmente del gótico catalán. Está construida en sillares de caliza, visibles entre el deteriorado enfoscado de su estructura. En uno de ellos parece apreciarse una inscripción, difícil de interpretar. Podría tratarse de la reutilización de un resto de construcción anterior.
En su base, inclinada con respecto al cuerpo de la torre, las esquinas se forman con grandes sillares de traquita, una roca volcánica presente en varias localizaciones sardas. Este material se encuentra también en los matacanes que coronan la construcción, cuyo aspecto actual se debe a las tareas de reconstrucción y reparación acometidas en siglos posteriores.
Distribución interior de la Torre Aragonese
El acceso se realiza por el segundo piso mediante una escalera de factura moderna. En este nivel se encontraba el alojamiento de la guarnición, mientras que el inferior estaba reservado a la cisterna y el superior a la azotea. Esta disposición, típica de las torres defensivas medievales, tenía un evidente objetivo: dificultar el acceso a los atacantes y, con ello, retrasar o evitar su captura y conquista. 
Una inscripción de la época de los Saboya
En una de sus caras se conserva una lápida de mármol blanco, cuyo desgaste dificulta la lectura. Aun así, en el texto grabado en latín se distingue un nombre, el del rey Carlos Manuel III de Cerdeña, apodado el Trabajador, y una fecha: 1765. Este monarca pertenecía a la Casa de Saboya, siendo uno de sus sucesores el rey Víctor Manuel II, unificador del reino de Italia y considerado el «padre de la patria italiana».
Fuentes consultadas:
- Sardegna Cultura
- Sardegna Turismo
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