Entre Cagliari y Nápoles en ferry

Los seguidores de nuestra bitácora sabrán que el ferrocarril es nuestro medio de transporte preferido, siendo siempre la primera opción en nuestros desplazamientos. No obstante, tampoco hacemos ascos a otras opciones, motivo por el que, en esta ocasión, basamos nuestro viaje en diferentes trayectos en ferry. Hoy nos embarcamos en uno de ellos para navegar entre Cagliari y Nápoles.

Un ferry en el puerto de Cagliari

Después de pasar unos días visitando Cagliari, nuestro siguiente destino era Nápoles, ya en la Italia continental. Como la hora de zarpar eran las siete de la tarde, todavía teníamos tiempo de disfrutar de las calles de la capital de Cerdeña. Por tanto, después del paseo y de la hora de comer, pusimos camino al puerto para hacer las labores de embarque.

Navegamos en el ferry Europa Palace, de construcción alemana, botado en 2001. Con ocho cubiertas, es una excelente forma de viajar, siempre que se quiera saborear el viaje y, sobre todo, no ir con las habituales prisas de esta sociedad que nos ha tocado vivir.

El Golfo de Cagliari, al atardecer

Puntualmente, el barco empezó a deslizarse por las aguas del Golfo de Cagliari, dándonos la oportunidad de contemplar su casco histórico desde el privilegiado punto de vista del mar. Mientras, el sol se iba ocultando, tiñendo las aguas con los colores anaranjados del arrebol del atardecer.

Todavía pudimos disfrutar de este espectáculo desde el restaurante del ferry, al que bajamos después de asistir a los primeros minutos del viaje.

Un nuevo día en alta mar

A la mañana siguiente, poco después del amanecer, subimos de nuevo a la cubierta. Por supuesto, ya habíamos llenado el estómago con el desayuno disponible a bordo. Allí nos esperaban las vistas de las islas de Ischia y de Capri, una a cada lado, haciendo de pórtico a la Bahía de Nápoles, cuya línea de costa ya empezaba a intuirse en el horizonte. Las nubes daban al paisaje una belleza sobrecogedora.

La fascinante silueta del Vesubio

Poco a poco se hacía visible la silueta del monte Vesubio. No podíamos evitar recordar los hechos que protagonizó a lo largo de la historia, sobre todo en la época en la que estas aguas eran posesión del inolvidable Imperio romano.

Las nubes que rodeaban sus cumbres hicieron que no pudiéramos despegar los ojos de su inquietante perfil. Parecía tener un imán que hacía imposible dejar de mirar aquel volcán que llenó de destrucción el entorno y las ciudades a su alrededor y que, a su vez, ofrecía aquella sobrecogedora belleza.

Entrando en Nápoles en el ferry

Por fin Nápoles empezó a abrirse ante nuestros ojos. Poco a poco, sus edificios empezaron a tomar forma, coronados por la mole pétrea del Castillo de Sant’Elmo. No tardaría ya nuestro ferry en iniciar las tareas de atraque, siempre con la figura del práctico del puerto a bordo.

No tardaríamos en bajar a tierra y empezar a explorar las calles napolitanas, en busca de sus rincones, sus secretos y, por supuesto, su deliciosa gastronomía.


Descubre más desde Cuaderno de un viajero inquieto

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario