El entorno del monasterio de El Paular esconde rincones poco conocidos, ocultos tras la fama del mencionado cenobio o del próximo Puente del Perdón. Uno de estos lugares es la ermita de la Virgen de la Peña.
Como llegar a la ermita de la Virgen de la Peña
Arrancamos nuestra ruta desde la puerta del monasterio, al que podemos llegar caminando desde Rascafría o mediante las líneas de autobús 194A, entre El Paular y Buitrago del Lozoya, o la 819, entre Rascafría y el Puerto de Cotos, en el límite con Segovia. Esta última, disponible solamente en fines de semana y festivos, permite enlazar con la línea 691, que lleva hasta el intercambiador de Moncloa, llevando al viajero por los hermosos paisajes del valle del Lozoya y el macizo de Peñalara.

Tierras llenas de historia y secretos
Pasamos delante de una cruz de granito, tal vez de la época del cercano Puente del Perdón, símbolo del carácter sagrado de este lugar, antes de cruzar el leve curso del arroyo de Santa María, cuyo rumor de agua deleita nuestros oídos. El camino, de nuevo de tierra, es agradable, pese a la cercanía de la carretera. Por fortuna, su tráfico no es elevado, salvo en días de descanso en que los excursionistas invaden la zona.

Caminamos despacio. No hay prisa por llegar a nuestro destino. Los árboles dan la sombra necesaria para hacer la ruta de forma sosegada, sin que los rigores del verano azoten al caminante. Conviene advertir que, pese a estar en zona de montaña, el calor no deja de hacerse notar en los meses del duro verano castellano. Entre medias, unas maltrechas losas de piedra parecen querer recordarnos la huella de aquellos monjes cartujos que poblaron El Paular. ¿Qué serán estos vestigios del pasado de este lugar? Probablemente, los restos de algún pequeño puente que salvara algún olvidado arroyo.

El camino hacia la ermita
Una pequeña cancela metálica nos anuncia que estamos ya cerca de nuestra meta de hoy, la ermita de la Virgen de la Peña, cuyo origen se encuentra, de nuevo, en torno a los monjes cartujos. Su espíritu, casi dos siglos después, sigue impregnado en cada rincón de este lugar, recordándonos los 445 años que permanecieron en el monasterio. Atravesamos la puerta, no sin pararnos a leer un panel de advertencias al visitante. Son todas de sentido común, el menos común de los sentidos, que más de uno parece ni conocer siquiera.

Un sinuoso camino, repleto de pequeñas cuestas apenas apreciables, nos lleva, escoltados por un muro de calicanto, hasta un puentecillo de piedra. El arroyo que salva apenas lleva agua, y la poca que vemos presenta el color verde de la que lleva tiempo estancada, y que termina en un pequeño estanque.

La ermita de la Virgen de la Peña
Por fin, pegada a la ladera del monte, encontramos la ermita de la Virgen de la Peña. Pequeña, de muros encalados, fue construida en los primeros años del siglo XVIII. Un cartel cercano nos advierte que su nombre, aparte de la advocación por la que se le conoce, es el de la Perseverancia. ¿Por qué este nombre? Otro cartelón nos lo aclara, encontrando una bonita historia en la que un hecho luctuoso, la caída de un caballo que provocó la muerte del rey Juan I de Castilla, pudo frenar la historia de la Cartuja, pero la perseverancia del rector de las obras consiguió que siguieran adelante.

Vemos su sencilla arquitectura, encalada en blanco con algunas de sus piedras visibles. Sus aleros, de ladrillo, recuerdan al arte mudéjar que pobló de monumentos la Castilla de los Trastámara, artífices y creadores de este entorno que disfrutamos hoy. En las esquinas, leones de piedra, de fiero aspecto y gesto agresivo, parecen querer guardar el entorno.

En su puerta, moderna y sencilla, hay un ramo de flores, probable ofrenda de algún devoto. Dos calvarios adornan sus hojas, mientras que un cristal nos permite contemplar su interior, también sencillo y austero. Una cruz, dos pequeñas imágenes y un altar sobre el que se venera la virgen titular, de pequeño tamaño, colocada sobre una roca, símbolo de la peña a la que alude su advocación.

La sombra de los cartujos
De nuevo, al igual que vimos en el cercano monasterio, encontramos una cruz de piedra, menos labrada y más tosca que la anterior, lo que nos lleva a pensar en su mayor antigüedad. A pesar de su factura, no deja de tener cierta belleza e interés.

Cerca, junto a la ermita, se abre la Cueva de la Peña. Fue en su interior donde hallaron los cartujos la imagen de la Virgen de la Piedad. En la actualidad, la imagen se custodia y se venera en el monasterio, hoy guardado por una amable comunidad benedictina.

El entorno natural y cultural
Nos recreamos ahora en el entorno que nos rodea. A un lado tenemos el estanque que mencionábamos anteriormente, en cuyo centro encontramos un poste lleno de casitas para pájaros y, ¡sorpresa!, una pequeña biblioteca popular con algunos libros disponibles en su interior. ¿Qué mejor lugar para leer un rato que en este espacio, silencioso y solitario?

Nos sorprende encontrar un aula, construida con troncos de madera. Es el aula Toni Hernando, una curiosa iniciativa en plena naturaleza. La pizarra es de las de toda la vida, con tizas y borrador que, con total seguridad, traerá a la memoria de algunos más de un recuerdo.

Después de descansar un rato en el merendero que encontramos en la pradera, emprendemos la ruta de regreso a Rascafría. Pero antes nos detendremos en el monasterio, donde disfrutaremos de la visita guiada en la que, a cargo de uno de los monjes del cenobio, conoceremos la historia y los secretos del antiguo monasterio cartujo.
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